Sofía y Beltrán, de 32 y 34 años, fueron a visitar un centro de fertilidad con una decisión tomada, pero después de dialogar con la especialista salieron con más dudas sobre la decisión que iban a tomar. A ella le acababan de confirmar que había ganado una beca para un doctorado en Londres. Por eso, el proyecto de tener hijos, que habían pensado para el año siguiente, debía esperar un poco. Por eso, Sofía le propuso a Beltrán congelar óvulos y esperar unos cinco años para buscar un embarazo. Beltrán estuvo de acuerdo. También él atraviesa el mejor momento de su carrera profesional y preferiría tener hijos, en todo caso, más adelante, más cerca de los 40. Dos amigas de Sofía habían congelado óvulos, una porque todavía no había encontrado con quién ser madre y la otra porque no pensaba en hijos, pero su empresa le pagaba el tratamiento.
Cuando se sentaron en el consultorio, Sofía y Beltrán le explicaron el proyecto a la médica. “Sentía que realmente estábamos siendo muy precavidos, pero el planteo nos descolocó. Nos escuchó y nos preguntó si no habíamos pensado también en congelar esperma. Me habló a mí y me dijo que había muchos estudios que ahora ponen el foco en la edad paterna, no solo en la materna. Que aunque se creyera que el hombre puede tener hijos hasta los 90 años, estaba demostrado que cuando es mayor de 40 años, aumentan las chances de abortos durante el embarazo y que hay más riesgo de que el bebé tenga algún trastorno psiquiátrico, por el envejecimiento del ADN del padre. Nunca lo había escuchado. Nos quedamos mudos, le dijimos que lo teníamos que pensar”, cuenta Sofía. Un mes más tarde, la pareja decidió avanzar con el congelamiento de óvulos y de esperma. ¿Por qué por separado? Es decir, ¿por qué no lograr embriones y conservarlos? Beltrán explica que, aunque tienen el proyecto de ser padres juntos, nunca se sabe, y que es algo que decidirán más adelante.